Cuando Tom Petty murió, de pronto tenía 14 años otra vez. Tenía los audífonos puestos e iba desplomado en el asiento trasero del auto familiar.

Papá iba conduciendo, mamá admirando el paisaje y mis dos hermanos menores peleando por una caja de leche. Un típico viaje familiar. Para pasar el tiempo, llevaba un discman y una carpeta llena de discos. He olvidado momentos de mi adolescencia, pero recuerdo con absoluta claridad las canciones que sonaron en los años más confusos, contradictorios y divertidos de mi vida. En ese viaje, escuché el disco “Wildflowers” de Tom Petty una y otra vez, convencido de que estaba escrito para mí.

Cuando creces, la vida se complica. Las decisiones comienzan a volverse más difíciles. El tiempo es repentinamente finito. Comprendes que necesitas hacer algo con tu vida. Y tan triste como es, te das cuenta de que estás a punto de comprometer tus sueños para apaciguar al status quo.

Cuando empiezan los 20 años, estás dejando ir las ideas locas de la edad y sometiéndote a la realidad, esa que tiene relojes, filas en el banco, seguros y deudas. Al final de la adolescencia, tienes una conciencia cada vez mayor de lo difícil que será convertirse en algo que te gustaría ser. Una vida de disciplina y sacrificio, solo para ser recompensado con dudas y rechazo. Y todo para que al final te mueras.

En ese mismo disco Tom cantaba “You don’t know how it feels”, ahí descifraba el código, ese con el que hablas internamente, el que vas formando por tu cuenta, uno diferente al tuvieron tus papás o tus amigos, uno que sólo tu conoces. Es raro como te vas dando cuenta de que todas esas cosas horribles que estás sintiendo, otras personas ya lo pasaron y después pusieron todo en una canción, justo como lo hacen Bob Dylan y Tom Petty.

Ese fue el principio de una amistad imaginaria con este héroe de la música. Y es que eso es lo que nos pasa cuando descubrimos a “nuestra banda favorita”, se convierte en algo más, un mejor amigo, alguien que te entiende realmente.

A los 25 años, ya no tenía cupo para sueños, ni el chance de regresar en el tiempo y reparar cosas. Cuando me pare a ver, el reloj ya había corrido más rápido que Usain Bolt. Te detienes y piensas hasta donde has llegado, a este día, donde el mundo se vuelve más loco y a ti ya te empiezan a crujir los huesos. Mi visión ya no era escribir, ni ver a Los Lakers jugar. Mi proyecto para todas esas semanas era no despertar con resaca ocho de siete días. No tenía idea si era depresión o cruda. Pero así es este juego, es normal cansarse, aplastarse a ver pelis y tomar cerveza. Porque hay una época donde hay un remolino de miedo en tu pecho, un miedo que se calmará por un tiempo, se quitará los zapatos y se queda a descansar ahí para que lo lleves por muchos años. Porque tienes miedo de seguir adelante, de ponerte en marcha. De tirar tu mejor golpe y caer en swing como Benny Goodman y Sonny Liston.

Si pierdes tu fe en el amor y en la música, el final llegará pronto. Yo genuinamente lo he creído siempre. No recuerdo quiénes dijeron que la música, el cine o cualquier arte salva. Lo leí y escuché tanto que terminó siendo un mantra dictado por algún ente divino.

Mark Twain, Joe Strummer, Scorsese y por supuesto, Tom Petty. Todos a su manera lo dijeron, usaron su arte como salvavidas, cada uno de ellos puso su vida en manos de su pasión y buscó entender un poquito más el mundo desde ahí. No importa el tiempo que te llevé, lo esencial es recuperar el aire y entrar a un round más. “No podemos obtener siempre lo que queremos” dicen los Rolling. Todos tendremos nuestro chance. Los Beatles se separaron cuando tenían los 20 años. Kurosawa dirigió su primera película a los 33 años. Nunca se es demasiado joven o viejo para crear un gran trabajo y hacer tu arte, hacer lo que te mueve.

Siempre vi a Tom como alguien que te enseña unos acordes sin decirte: ¡Me vas a desafinar la maldita guitarra! Alguien que te canta que tienes que luchar para ser libre. Ese es el espíritu de Petty. Es esa escena de italianos mafiosos en True Romance donde Dennis Hopper le escupe en la cara a Christopher Walken. Le está mostrando el dedo al hombre. Está desafiando a la autoridad. Es Kowalski corriendo ese Challenger Blanco del 70 en el desierto, sonriendo como idiota antes de estrellarse contra las excavadoras. Para Tom, fue luchar contra un padre abusivo, las estaciones de radio, la industria musical que saquea a los fans y la adicción a la heroína. Pero todos tenemos nuestra propia versión. Todos nos empujan. La verdadera prueba está en cómo respondemos. Tienes que pelear. Tienes que meterte a la pelea. Las cosas se desmoronan. El mundo no es justo. Tienes que golpear. Y cuando lo hagas, tu banda favorita cuidará tu espalda. Cantarán para ti. Y por solo un momento, todo estará bien.

El secreto de Tom Petty es que escribió canciones desde el punto de vista de los perdedores. De los jodidos, los rebeldes, los inadaptados, los desertores. Los que solo vislumbran. Pero entendió que eso es para lo que vivimos, esa visión es donde reside nuestra libertad. Aunque nuestros héroes mueran, hay que brindar por las lecciones que nos enseñaron.

“Siempre es hoy”, cantaba Cerati. Apreciemos esos héroes que te han hecho retaguardia, tus papás, tus hermanos, tus amigos, tus maestros, tu música, disfruten el viaje. Llenen su espíritu y no le fallen a sus yo de 14 años. Tom me enseño a pelear por lo que quieres y a que en el mundo siempre alguien te la va a hacer de pedo por algo y que nunca se les puede dar gusto a todos. Caminar por el lado salvaje de la vida y ser vagabundos de media noche.

“Algunos días son diamantes, algunos días son rocas, algunas puertas están abiertas, algunas carreteras bloqueadas. Siempre da pelea, tienes un corazón tan grande que podría aplastar esta ciudad.”

Gracias por la música Tom, gracias por todo.

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