Para los héroes del celuloide

Hace una semanas las cadenas ArcLight Cinemas y Pacific Theaters tristemente anunciaban que después del primer año de pandemia por Covid 19, sus salas de cine no volverán a abrir sus puertas. Famosas locaciones como el clásico y brillante domo del cine angelino en Sunset Street, el querido Cinerama Dome, no verá otra vez llenas sus cómodas butacas, ni tampoco su extensa dulcería, ni siquiera su acogedor cocktail bar.

Cineastas de todas partes expresaron sus mejores tributos a los pasillos del Cinerama. Edgar Wright, Rian Jonhson y muchos otros, hablaban con un golpe de nostalgia sobre sus mejores recuerdos en esas salas de cine.Y ya sea escrito o hablado, siempre será cursi hablar de la magia que contienen las películas y la experiencia de sentir al máximo una cinta, dentro de un enorme cuarto oscuro. El caos y la paz en el viaje, las sensaciones, los recuerdos, las lágrimas, las risas y la inmersión completa en una historia que en cualquier instante nos puede romper el corazón o la quijada por mantener por un largo tiempo una sonrisa idiota que va de oreja a oreja.

Wrigth, Johnson, Tarantino y también usted estimado lector. Lo saben.

Esto más que nada solidifica esa profunda pasión y amor por el cine, el entusiasmo frenético del cual esperamos aferrarnos durante todos los años de vida que tenemos por delante. No importa que tan tonta o seria sea una película, siempre encontraremos algo profundo en ellas. Roger Ebert decía que las películas son como máquinas que generan empatía. Creo que esto es uno de los aspectos más importantes para dar un vistazo a la historia del cine, porque este arte es una de las mejores formas en las que podemos documentar nuestro paso por la tierra y también capturar ese extraño fenómeno llamado vida.

De la misma manera en que una historia puede conmover, también puede ser terrorífica y mostrar los lados más crueles de los seres humanos. Lo absurdo, lo fantástico, lo emocionante. Todo lo que amamos del cine estuvo allí desde el principio. Los hermanos Lumière comenzaron una larga tradición de realismo, capturando la vida en cámara y proporcionando una postal instantánea de diferentes tiempos, personas y lugares comunes. Estas películas cumplen una función importante en la preservación de la historia; proporcionar información sobre otras personas y culturas; y brindándonos la oportunidad de reflexionar sobre la sociedad, nosotros mismos.

Pero tal vez, a quien siempre le haremos un lugar especial, será a George Méliès. Trascendiendo la realidad y posibilidades técnicas. El lenguaje del cine le proporcionó un medio para trasponer su imaginación a visiones sublimes de lo fantástico. Su pasión incontenible por contar historias, entretener a la gente y la creatividad que irrumpió en cada cuadro. Es aquí donde el cine nos brinda una capacidad única para encontrarnos. Creando experiencias nuevas y para el público a un nivel que lo diferencia de otras formas de arte. Méliès fue fundamental a la hora de ser pionero en las imágenes en movimiento y las narrativas de la ciencia ficción, el terror y la fantasía que tanto nos han cautivado desde nuestros primeros encuentros con el cine cuando eramos niños.

Y por esto, con Méliés, estamos en una gran deuda. Estas películas alimentaron la imaginación de nuevas generaciones. Inspiraron a crear universos enteros, realidades alternativas en nuestra propia mente. Probando ser un recurso infinito y tan rico de creatividad en esta tierra. Simplemente proyectándose sobre una manta blanca y durando más, incluso una vez que la pantalla se haya oscurecido.

Para mí, estas primeras películas y todas las que he podido ver mientras estamos en cuarentena, son un gozo que me llena de asombro ante el espíritu pionero y la imaginación que impulsó la popularidad del medio y dio origen al cine y a nosotros los cinéfilos. En pocas palabras, hubo vida antes y vida después del cine y el mundo nunca fue el mismo.

Es de comprender que para todo el planeta, ha sido triste estar alejado de los cines por un año y también decepcionante verlos cerrar. Por fortuna, una simple pantalla y un buen sistema de sonido pueden tranquilizar esta pena por momentos.

Por amor al cine y a los héroes del celuloide como canta Ray Davies de los Kinks. Está en la misma humanidad hacer recuento de las historias en las que nos vemos y deleitamos. No queda más que continuar dejándonos sorprender por su evolución y desarrollo.

Conocer la historia del cine es como mirar a través de un telescopio y ver la luz que ha viajado a través de vastas extensiones de tiempo para contarnos la historia del comienzo del universo y de muchos otros.

 

En el meloso y ñoño final que resume de la mejor manera el sentimiento y el encanto del cine y la televisión. Aquí una frase de Abed de Community en el episodio de Emotional Consequences of Broadcast Television, para recordar y no dejar morir al amigo cine, aunque los tiempos sean complicados y los cines de Hollywood Boulevard apaguen sus luces.

“There is skill to it. More importantly, it has to be joyful, effortless, fun. TV defeats its own purpose when

it’s pushing an agenda, or trying to defeat other TV or being proud or ashamed of itself for existing. It’s

TV; it’s comfort. It’s a friend you’ve known so well, and for so long you just let it be with you, and it needs

to be okay for it to have a bad day or phone in a day, and it needs to be okay for it to get on a boat with

Levar Burton and never come back. Because eventually, it all will.”

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