Reseña del libro “El paralelo etíope”, de Diego Olavarría

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“El paralelo etíope”

Diego Olavarría

Conaculta – Fondo Editorial Tierra Adentro 2015

Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2015

Por: Alejandro Enciso Sandoval

Siempre los viajes dejan una huella sobre las personas que los realizan. Sean para bien o para mal, los pasos andados cosen un camino que, al paso de los años, marcan una cicatriz que alguna vez, en el futuro, al mirarla se descubre un sabor dulce o amargo. Hay viajes que inician como aventura, otros como trabajo, pero sólo muy pocos inician por azar. Y de entre todos los destinos que uno espera conocer, África es de los menos cotizados. Y no hablo de Egipto o Sudáfrica, destinos habituados por los clásicos turistas gringos con su sombrerito panamá y su camisa hawaiana, tomándose fotos con cualquier “aborigen” o monumento histórico y/o natural para decir que ahí estuvieron.

Más allá de ese turismo ramplón existe otro, un poco menos difundido, un turismo que intenta descubrir algo profundo del lugar que se visita, más allá de los folletos, de los guías, entender el contexto de un país es harto difícil, situación que requiere trabajo mental; cosa que menos hacen los turistas. Eso hace Diego Olavarría en su libro “El paralelo etíope” en un viaje realizado en 2012 hacia el recóndito país de Etiopía. Uno de esos países antiguos que hace milenios ya existían y que permanecen escondidos por su pobreza y la siempre cambiante geografía política del continente africano, pero ¿quién en su sano juicio se iría a un lugar agobiado por la precariedad?

Pensando que México siempre en eterna pugna por la gente pobre, los indígenas, los obreros, los desaparecidos y todos los problemas sociales, también existen paralelismos, pero más profundos en otros lugares. Los gringos dicen que México no es seguro, mas Etiopia me parece un lugar tenebroso después de leer el texto. México es pobre, Etiopía paupérrimo. Y sin embargo, el viaje me parece alucinante. No por la mota (aunque hay que agregar que la religión rastafariana inició como una especie de adoración hacia la persona del emperador etíope Halie Selassie en los cincuentas y sesentas), sino por la cantidad de datos que presenta el autor sobre este país. Lo conoce muy bien, pero, a riesgo de equivocarme, parece despreciarlo un poco. Se vislumbra no un amor a esta visita, sino desagrado. Y para una persona que conoce los vaivenes políticos de esta comarca, se notó muy inocente al dejarse engañar en varias ocasiones por timadores que lejos están de un tepiteño. Hasta yo veía venir lo que pasaría en un tugurio enfrente de una mujer hablando mucho por teléfono o un hombre que quiere que subas a un bote a como dé lugar.

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“El paralelo etíope”, de Diego Olavarría. Conaculta – Fondo Editorial Tierra Adentro 2015

Pero el autor tenía que estar ahí. La parte más emotiva es su apertura al lector y descubrirse. Es un niño el que viaja. El niño que relaciona el cuadro que tanto deambulaba con su familia por Estados Unidos, por México. Aquel cuadro que retrataba una escena idílica cerca a un monasterio ya calcinado. Aquel presente de su madre que compró embarazada de él. Aquel cuadro confundido con México, pues México también era lejano en Utah. También era el viaje del adolescente que quería su perforación y vio en los mursi su ideario político. Quería ver a los mursi, pero los mursi lo vieron también y sin hablar, le dijeron: ¿Quién es más salvaje? ¿nosotros o ustedes que nos ven como parte del paisaje turista?

Y es que Etiopía usa a sus aborígenes como objetos de ganancia al presentarlos como museos vivientes, “vengan a verlos, vengan a ver los últimos especímenes salvajes, los desposeídos de civilización, los preservamos en su cultura para ustedes, pero si los tocan, se acaba la función”. ¿Qué más paralelismo con México y el ecoturismo quieren? Aquel turismo que propicia la visita a aldeas indígenas, a comprar sus productos, a verlos trabajar. Siempre el humano usando al humano.

Y al final, su desesperación por irse, frase última del libro. ¿Habrá sido esa misma desesperación la que orilló al Homo sapiens a migrar de su lugar originario? ¿Será un lugar maldito? ¿El hogar de los caras negras, como les llamaban los griegos, es tan abrumador? No lo sé. Etiopía debe oler a libro viejo, esos libros que tienes que leer con guantes y cubrebocas, no sea que los lastimes o que te enfermen.

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